Que la renta es igual al consumo más el ahorro, es una tautología que ha dado mucho juego a los economistas. A partir de ella, los sistemas fiscales que fueron «modernos» en la primera mitad del siglo pasado y a los que España se incorporó a partir de la democracia, establecían tres puntos de tributación principales: la renta (proviniera del trabajo o del capital), el consumo (IVA/IGIC) y el ahorro, propio o heredado, acumulado en forma de riqueza.

Este modelo tributario que ahora podemos llamar «clásico», se fundamenta en tres principios democráticos esenciales que son, precisamente, los que han saltado por los aires en las últimas décadas: supone un estado nación capaz de controlar todas las bases imponibles; incorpora la progresividad como criterio de justicia y da por supuesta la equidad horizontal entre contribuyentes en la misma situación personal o familiar.

La libertad de movimientos internacionales de capitales, unido a la globalización de las actividades económicas tuvo tres impactos en el sistema tributario: amplió el espacio de los paraísos fiscales (fraude), introdujo la competencia tributaria entre países para atraer inversiones (elusión legal) y forzó a romper en dos el impuesto sobre la renta al diferenciar entre rentas del trabajo (sedentarias) y rentas del capital (nómadas) con tipos más bajos. Forzados por la evidencia de que los capitales podían salir libremente del país, se introdujo una desigualdad entre contribuyentes injusta: dos personas, que ganan lo mismo y tienen la misma circunstancia familiar, pero uno lo gana trabajando y el otro de rentas heredadas, no solo no pagan lo mismo a la hacienda pública, sino que contribuye más quien trabaja, que el rentista, en contra de toda nuestra filosofía social en favor del esfuerzo personal.

Trasladado este razonamiento a las sociedades, nos encontramos con el conocido fenómeno de que las grandes empresas internacionales (nómadas), practican una sofisticada ingeniería fiscal que les permite pagar muchos menos impuestos que las sociedades que no salen del ámbito nacional (sedentarios). El reciente acuerdo del G-20 sobre una tributación mínima mundial (15%) en el Impuesto de Sociedades, es un primer paso para cerrar un poco este importante agujero en la lógica del sistema fiscal.

El modelo tributario basado en una concepción keynesiana de la economía nacional ha sido sometido a tantos parches, agujeros, rotos, giros y torceduras que, tal vez, nuestros nietos hagan bien en fundamentar un modelo fiscal más ajustado a la (nueva) economía del dato, el algoritmo, la inteligencia artificial, los intangibles y la mundialización, porque las fuentes de generación de riqueza y los mecanismos de su distribución, están cambiando mucho respecto a la vieja economía industrial del siglo XX.

Valgan cinco datos como ejemplo de los vectores que están moviendo ya hoy la economía hacia un modelo muy diferente al del pasado: una de las empresas emblemáticas de la nueva economía basada en el uso del algoritmo, Amazon, tiene un valor de capitalización superior al PIB de España. La mayor empresa del mundo en alquiler de coches con conductor, ni tiene coches propios, ni conductores en nómina. La mitad de todo el valor de capitalización bursátil de las diez mayores empresas del mundo, son intangibles. El peso económico de los siete países más industrializados del mundo se ha reducido a la mitad ante el empuje sostenido de nuevas potencias entre las que sobresale China. Por último, los algoritmos permiten que la oferta y la demanda se crucen en muchos puntos, solo uno de los cuales es el precio y no siempre el más importantes.

En esa nueva economía, donde la desigualdad social de renta y riqueza puede ser un mal endémico, con todas sus implicaciones políticas como el auge de populismos autocráticos, el sistema fiscal basculará, desde lo nómada, hacia lo sedentario; desde las personas, hacia las cosas, desde la renta, hacia la riqueza y desde lo material, hacia lo inmaterial. Para nuestros nietos, los impuestos seguirán siendo el precio a pagar por vivir en una sociedad civilizada. Pero los hechos imponibles, las bases y las tarifas, se definirán de manera muy diferente a la actual. La nueva economía del dato, del algoritmo, de lo nómada y de la Inteligencia Artificial no cabe en nuestros conceptos tributarios actuales. Esa, será una verdadera reforma fiscal. El resto, parches.

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